
Desde que tengo uso de razón, Japón siempre ha sido el lugar del extranjero que más me ha interesado. Un monje budista me dijo allí que yo, en otra vida, ¡¡había sido japonés!! Pero hay otras causas más razonables para explicar esta pasión. Creo que son estas tres:
1) Siendo yo muy pequeño me regalaron un globo terráqueo de esos huecos y con bombilla interna. Aquello me tenía fascinado: cuando mis padres me apagaban la luz para dormir, yo encendía la bola y entonces todo cambiaba de color y textura. Lo que antes eran sosos mapas políticos atiborrados de fronteras y carreteras de repente brillaban ante mis ojos en una explosión de relieves marrones, verdes llanuras y unos océanos azulísimos surcados de oscuras fosas marinas. Y mi trozo de tierra marrón predilecto era aquella islita alargada donde ponía "Japón"... y no sé por qué. Quizá porque era el lugar que tenía más ciudades apretujadas en menos espacio, todas en fila de norte a sur, no lo sé, pero el caso es que me fijaba siempre en esa isla, así que muy precozmente fui capaz de memorizar los extraños nombres de todos aquellos puntos negros. Y cuando venía gente a casa, mi madre me pedía muy orgullosa que recitase los nombres de las ciudades japonesas. Yo, por supuesto, lo hacía en plan sabelotodo, para alucine de las visitas: "Sapporo, Sendai, Fukushima, Tokio, Yokohama, Nagoya, Osaka, Kobe, Kioto, Hiroshima, Fukuoka"... ¡aún recuerdo la cantinela!
2) En 1978, la serie de dibujos animados "Mazinger Z" (マジンガーZ, majingá zettó, para los de allá) hizo furor los sábados en TVE. A mis 6 añitos, aquel gigantesco e invencible robot pilotado me volvía loco y no podía perderme ni un episodio. La acción ocurría en Japón, la base en donde almacenaban a Mazinger estaba al pie del monte Fuji, y los robots malos siempre destruían Tokio en cada episodio (¡cualquiera montaba una aseguradora en esa ciudad!). Todos mis héroes tenían nombres como Koji Kabuto, Sayaka, Shiro o profesor Mori (aunque mi favorito era aquel transgresor sicario del Dr. Infierno llamado "el Barón Ashler", cuyo rostro era mitad hombre, mitad mujer, y según de qué perfil le encuadrase la cámara hablaba con voz masculina o femenina... ¡¡tremendo!!). Además, los comics de la serie fueron mi primera adquisición: en ellos se iban las 50 pesetas de la paga de cada domingo...
3) Y ya a principios de los 80, mi madre me compró un libro repletito de fotos (el texto estaba casi reducido a la extensión de un haiku): "Japón: viaje por su vida y su belleza" (bonito título). Allí estaba todo para mis ojos: lo urbano, lo rural, lo viejo, lo nuevo... Por cierto, sin ser yo consciente todavía de lo que era el sexo -9 años- este libro me regaló, a mayores, la que tuvo que ser mi primera atracción homosexual: recuerdo lo que me embobaba aquella foto de dos chicos nipones en unos baños termales, sólo tapados estratégicamente por unos paños blancos mojados...
El caso es que, por culpa de estas tres cosas, la semilla "japanófila" quedó sembrada. Era obvio que yo estaba sentenciado a ir a Japón tarde o temprano (cuando algo me obsesiona soy muy cabezón), pero lo último que imaginaba yo es que el primer amor de mi vida iba a ser japonés...
(CONTINUARÁ)

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